HISTORIA, IGLESIA Y TEOLOGÍA

La crónica menor

Cardenal Baltazar Porras Cardozo


Con el subtítulo “cómo nuestro pasado ilumina nuestro presente”, el historiador jesuita John W. O´Malley nos ofrece una enjundiosa obra, compilación de diversos artículos escritos en lo que va de este milenio, “para lectores deseosos de informarse”. “Asocia a los antiguos con los modernos
y con los que vendrán. Comparten un proyecto común, su patrimonio es la historia bien entendida; no entendida de un modo apresurado, sino cuidadosa y críticamente entendida.
Me ha cautivado la lectura de estas doscientas cuarenta páginas, más allá de los temas tratados, por la relación que tiene con el presente. Uno de los problemas para entender dónde estamos es que no sabemos de dónde venimos, ni vemos la relación de lo pasado con el presente, ni la vinculación que el presente tiene con lo heredado. Somos adolescentes inconscientes porque pensamos que la historia y la vida comienza con nosotros. Esto lo han sabido explotar los líderes populistas, denigrando permanentemente de lo pasado, ofreciendo una nueva mercancía que está contaminada con la ideologización y la falta de realismo. Por eso, caemos con tanta frecuencia en
volver como en una noria, a reiniciar lo que ya teníamos aprendido, pero no comprendido. Qué otra explicación puede tener el que se cometan tantos errores en las elecciones, dejándonos seducir por el ofrecimiento de un mundo nuevo y mejor que resulta, en la mayoría de los casos, un terrible retroceso y una pérdida de valores adquiridos que menospreciábamos por la búsqueda de el dorado perdido que nunca existió ni existirá.
La falta de formación crítica y plural nos sume en el atraso. El autor al final del Libro concluye con un capítulo que titula “toda una vida aprendiendo”. En ella narra su propia vida, lo que aprendió en casa de niño y adolescente; los vecinos y maestros con los que se fue encontrando que le abrieron a horizontes desconocidos. Aprendió disciplina de su abuelo, y el hambre por la lectura y la confrontación con miles de circunstancias que parecían intrascendentes. La posibilidad de estudiar en diversos lugares geográficos y culturales lo enfrentó con esa diversidad difícil de asimilar pero que como los buenos purgantes, resultan desagradables en un primer momento, pero luego nos restituyen la salud y nos dan nuevo vigor.

La historia de acontecimientos subyugantes del pasado, hurgando en viejos papeles perdidos en bibliotecas universitarias, lo hizo apasionarse por lo medieval y renacentista, en contraste con los cambios actuales en el mundo y en la Iglesia. Con fino tacto y cuidado respeto, no deja de señalar lo positivo y negativo de acontecimientos y personas. Se adentra en temas espinosos como los de la primera parte, dedicada a el papado y los papas. El oficio de papa, ayer y hoy. La beatificación, un tanto extraña, no por lo que fue en el pasado, sino por la irrelevancia que tiene en el presente; y la comparación de dos papas muy distintos pero complementarios como Benedicto y Francisco,
constituyen una lección para el discernimiento intelectual más que el emocional.
La segunda parte contrasta dos concilios, Trento y el Vaticano II. Malos entendidos del primero y cualidades que perduran hasta hoy. Y diez maneras seguras de malinterpretar las enseñanzas del Vaticano II, concilio en muchos aspectos novedosos en la historia bimilenaria de la Iglesia. La comparación final entre ambos lo hace exclamar que “los dos concilios difieren en tantos y tan importantes aspectos que puede parecernos improbable que la comparación nos ofrezca algo sustancial”. Diferencias: las ciudades donde tuvieron lugar. El número de participantes y sus orígenes. La influencia de los poderes seglares en el primero y la escasa o nula en el segundo. La
diferencia más profunda entre los dos concilios es que se expresaron mediante dos formas de discurso muy diferentes. Trento se plasmó en cánones doctrinales y disciplinares. Esencialmente, el Vaticano II adoptó y adaptó una forma de panegírico. En vez de prescribir o proscribir ciertas
conductas, mostró unos ideales por los que luchar.
Las coincidencias: ambos concilios tuvieron que responder a una grave crisis. En segundo lugar, ambos se vieron obligados a tratar el problema del cambio. El tercer rasgo es que ambos fueron concilios de reconciliación. Cuarto, ambos trataron la relación entre el papado y el episcopado.
Quinto, ambos quisieron reformar la curia romana. “Dos concilios, dos épocas radicalmente distintas, dos conjuntos de problemas muy diferentes; y, sin embargo, ambos concilios manifiestan inequívocamente la paradoja de que entre ellos hay una marcada continuidad y también una marcada discontinuidad. Es más, nos enseñan una lección importante: la reforma de
cualquier institución, especialmente si tiene una historia tan larga, rica y compleja como la de la Iglesia católica, no es tarea fácil. Y tampoco es tarea que se concluya de una vez por todas”.
La tercera y última parte del libro trata de cuatro temas discutidos y actuales: conceptos básicos sobre el celibato, las universidades medievales, ¿eran ya católicas”, la excomunión de los políticos y un sacerdocio, dos tradiciones. Temas sensibles que abordamos, muchas veces, sin la suficiente hondura que nos permita superar los escollos que presentan. Bien vale la pena dedicar unas pocas horas a su lectura para que aprendamos que el pasado ilumina nuestro presente.
59.- 20-10-21 (5433)

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