Homilía Exequial en el Acto de inhumación de los Restos Mortales del EMMO. SR. CARDENAL JORGE LIBERATO UROSA SAVINO, ARZOBISPO EMÉRITO DE CARACAS, A CARGO DEL SR. CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO, ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DE CARACAS. Catedral Metropolitana de Caracas, viernes 24 de septiembre de 2021.


Muy querida Ana María en unión de toda la familia del Cardenal Urosa Savino.
Hermanos todos Ofrecemos en estos momentos, con la austeridad de la liturgia y en cumplimiento de las restricciones sanitarias que impone la pandemia, la oración exequial para dar cristiana sepultura en el Panteón Arzobispal a los restos mortales del XV Arzobispo de Caracas, el Cardenal Jorge Liberato Urosa Savino.
Me siento muy unido a nuestro hermano difunto, pues hemos sido compañeros del mismo curso desde los lejanos años de nuestra formación en el Seminario Interdiocesano de Caracas. Desde entonces, hace seis décadas, tuvimos la dicha de compartir la ilusión de la vocación, el trabajo
evangelizador como formadores del clero, y luego, como obispos, fuimos de la mano en infinidad de actividades pastorales. A ello, se unió la amistad amasada entre nuestras familias. Algo se desgarra en el alma cuando un amigo se va, pero nos anima la fe, razón de nuestras vidas, y la resurrección a la que Jorge siempre cantó con profunda convicción y predicó con vigor y
esperanza.
Hemos repetido en el salmo responsorial “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. Esta jaculatoria retrata de cuerpo entero a nuestro hermano difunto. Fue forjando a lo largo de su vida la imagen del buen pastor, al que quiso seguir, imitar y trasmitir a los demás. La formación lasallista y su amor a la Virgen a través de la Legión de María lo afianzaron en virtudes sencillas y cercanas a los más necesitados. Lo hizo con desprendimiento de todo lo material y sin buscar aplausos o halagos.
La preocupación por los pobres, por los habitantes de los barrios caraqueños, los de Casa de Tabla en Petare, querencia que siempre tuvo presente y fue correspondido por ellos, identifican su ministerio. Exigente por talante porque la perfección fue la meta buscada, lo hizo ser austero consigo mismo antes que a los demás. Serio, pero alegre, lo supo derramar con creces.

Preocupado por la preparación propia y ajena, sobre todo por la catequesis, los deja varias de sus publicaciones que en estos últimos años compiló para dárnoslas, son parte del legado que queda para la posteridad.
Como Judas Macabeo, “obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección”. Su amor a Jesucristo fue tal, que día a día, fue dibujando su imagen en su propia personalidad, intentando reproducirla en todos, clérigos y laicos, religiosos, consagrados y bautizados; con olor de oveja, porque se identificaba con los problemas y las situaciones de la gente. De allí su llamado a la justicia, la libertad, la democracia y el bien común. Como el apóstol Pablo “si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres. Pero no es así, porque Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos”.
”Pro mundi vita”, por la vida del mundo como reza el lema del escudo episcopal de nuestro hermano.
El mejor panegírico es recorrer sus ejecutorias que hablan por sí solas. Como toda obra humana, con sus luces y sombras, dejan la estela de un proceso de crecimiento personal y espiritual que es la mejor herencia en la constelación de preclaros obispos que ha dado nuestra tierra de la que él

forma parte. Como Marta y María ante la muerte de su hermano Lázaro, recibimos el mensaje de
Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel
que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Con el poeta repetimos: “Detrás de la nube, que te oculta el sol, los rayos te dicen que el son no ha muerto. Detrás del dolor de la despedida, la luz de la esperanza te dice que tus muertos viven”.
Me atrevo a calificar de testamento espiritual el último mensaje que nos dejó el Cardenal Urosa, al ser consciente de lo que significaba ingresar a terapia intensiva. Con la serenidad que da la paz interior, ante una circunstancia límite postulada por las exigencias médicas, tuvo el coraje de trasmitirlo a su pueblo. Es una declaración de amor a Dios y a la Iglesia, y de amor al pueblo de Venezuela. En primer lugar, expresa la inmensa felicidad de haber sido sacerdote y vivirlo con gran ilusión. Da gracias a Dios por los caminos insospechados de servicio y altas responsabilidades en la Iglesia.
Con aplomo, pidió perdón por las faltas de acción u omisión que pudo haber cometido con la certeza de no haber querido hacerle mal a nadie, buscando actuar buscando la gloria de Dios y el bien de la Iglesia y de las almas. Venezolano integral, con inmenso amor patriótico al pueblo
sencillo y humilde, y a todos los sectores del pueblo venezolano, expresa el afecto por la entrega a la libertad, a la defensa de los derechos del pueblo frente a los atropellos de las autoridades. En ello, no actuó nunca por odio o rencor, sino por la defensa de la libertad, la justicia y los derechos
del pueblo venezolano. A Dios nuestro Señor le pidió perdón por sus fallas, y a la vez, solicitó la bendición para nuestra Iglesia de Caracas, de Valencia y de todo el país; de manera especial una bendición para el clero y
para el episcopado con el que siempre se sintió y actuó en profunda y estrecha comunión, buscando la gloria de Dios y la evangelización del pueblo.
Confiesa, por último, que lo que nos interesa sobre todo es que el pueblo venezolano ame, tenga fe y sirva a Jesucristo que es el camino, la verdad y la vida, el único en el cual encontramos la salvación y el perdón de los pecados. Hermoso ejemplo que pone por delante el valor trascendente del seguimiento a Jesús y a María Santísima nuestra madre.
La mejor ofrenda que une a las especies sacramentales de la eucaristía es la ofrenda exequial de los despojos mortales que fueron templo vivo del Espíritu Santo y quedan para volver a la tierra a la espera de la resurrección definitiva. Así lo manifiesta el Papa Francisco en el telegrama de condolencia que nos ha hecho llegar: “recordando a este abnegado pastor que, durante años y
con fidelidad entregó su vida al servicio de Dios y de la Iglesia”. Desde lo personal, como amigo y compañero de camino, reitero mi compromiso de hacer honor al legado de un pastor que veló por fortalecer las bases de un mejor país que reúna a todos los venezolanos en una misma comunión.
Querido hermano Jorge Liberato, en manos de María, de Coromoto, del Socorro, de la Virgen de los Dolores y de Las Mercedes cuya memoria celebramos hoy, te reciba como siervo bueno y fiel ante la presencia del buen Padre Dios, en compañía de tus seres queridos difuntos, de nuestros santos, en particular de José Gregorio Hernández, por cuya causa trabajaste tanto. Descansa en paz e intercede por nosotros. Amén.

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