La resurrección de Jesús según San Lucas

Por Edixon Vargas

Ya estamos entrando en la recta final del tiempo pascual y el Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida sigue compartiendo la alegría del resucitado, esta vez, partiendo del evangelio de Lucas.

El evangelio según San Lucas

Antes de describir la resurrección según San Lucas, es preciso hablar un poco sobre este texto. A saber, Lucas no perteneció al grupo de los doce apóstoles, sino que fue discípulo de San Pablo. El libro de los Hechos de los Apóstoles, también de la autoría de Lucas, revela algunos detalles sobre las travesías del “médico querido” (Col 4, 14) junto al apóstol de los gentiles (Cf. Hch 20,14-15; 21,8; 27,5-8).

Aunque su evangelio es el tercero dentro de la Biblia, fue el segundo en escribirse después del de Marcos. Contiene veinticuatro capítulos en los cuales encontramos pasajes interesantes como la anunciación (1, 26-38), detalles sobre la infancia de Jesús (2, 1-52) y las parábolas de la misericordia (15, 1-32). Además de esto, es el evangelio que más datos nos da sobre la Virgen María

En lo que respecta a la resurrección, su relato es un poco diverso al de los otros dos evangelios sinópticos.

Relato de la resurrección según San Lucas

Al igual que en el evangelio de Marcos, es posible dividir el relato de Lucas en tres partes fundamentales:

1- El anuncio de la resurrección por parte de los ángeles (24,1-2).

2- La aparición a los discípulos de Emaús (24, 13-35).

3- La Ascensión (24, 36-52).

Cada una de estas partes nos ofrece enseñanzas concretas para nuestra vida. En las siguientes líneas, el Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida quiere reflexionar un poco sobre estás enseñanzas analizando algunos versículos clave.

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? (Lc 24, 5)

La descripción de los hechos de la resurrección en el Evangelio de Lucas empieza con el grupo de mujeres que, muy de mañana, se encaminan al sepulcro con los aromas que habían preparado para embalsamar el cuerpo de Jesús.  Al llegar a lugar descubren que la piedra había sido removida y que el cuerpo de su maestro no estaba en la tumba (Cf. Lc 24, 1-3).

Es en este momento en que dos hombres vestidos de blanco aparecen frente a ellas y les preguntan: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 4-5). Luego de decir esto, estos dos sujetos dicen: “no está aquí, ha resucitado” (6) y, citando las palabras de Jesús, recuerdan a las mujeres todo lo que el Hijo del Hombre debía padecer (Cf. 6-7).

Este fragmento de la Escritura nos lleva a preguntarnos ¿Dónde estamos buscando a Dios? En un sentido más humano ¿Dónde estamos buscando la felicidad? Muchas veces queremos separar nuestra realización personal y nuestra felicidad de Jesús, sin entender que son una misma realidad. Es por esto que el papa Benedicto XVI exclamaría convencido: que la felicidad que busca el ser humano “tiene un nombre: Jesús de Nazareth, oculto en la Eucaristía” (13 de junio de 2011).

Son muchas las personas que hoy en día siguen buscando su felicidad en los sepulcros de la vanidad y de los vicios que, aunque parecen dar satisfacción, sumergen al hombre en un profundo sinsentido una vez pasada la euforia del momento. Cuántas personas pretenden encontrar la realización en la tumba del egoísmo, sin levantar si quiera un poco sus ojos para encontrar el rostro de Cristo en los necesitados. Otros también se anclan en hallar su felicidad en el sarcófago de la soberbia, viviendo como si fueran sus propios dioses sin reconocer nunca sus fallas ni abrirse a la misericordia divina que sana y reconforta.

No busquemos la vida donde abunda la muerte. No vaguemos por el mundo buscando felicidades pasajeras. Busquemos el gozo que no se apaga en Jesús, oculto en la Eucaristía, vivo en las Sagradas Escrituras y presente en quienes sufren.

Lo reconocieron en la fracción del pan (Lc 24, 35)

Luego del anuncio de la resurrección, Lucas nos relata la historia de los discípulos de Emaús, dos hombres que caminaban cabizbajos el día miso de la resurrección y a quienes Jesús le sale al encuentro durante su camino sin que ellos fueran capaces de reconocerle (Cf. Lc 24, 13-17). La tristeza no les permitía ver más allá de la cruz. Aun habiendo recibido el anuncio de las mujeres, cerraron sus mentes a la idea de la resurrección (Cf. 22)

El relato continúa afirmando que Jesús aparece junto a ellos y comienza a explicarles las escrituras según las cuales el Mesías tenía que sufrir para entrar en su gloria (Cf. 26-27). Podemos interpretar este momento como una pequeña catequesis que, centrada en la Palabra de Dios, busca que sus oyentes conozcan el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Imaginemos cuál sería el convencimiento con que este desconocido les hablaba que, al hacer ademán de seguir adelante, ambos le piden, con el corazón ardiente por sus palabras, que se quede con ellos (Cf. 28-29).

Es entonces cuando, al estar a la mesa, Jesús “toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo entrega” (30). Es interesante ver como este hecho sucede justo después de la explicación de las escrituras, siguiendo el mismo orden con que los primeros cristianos (Cf. Hch 2, 42) y nosotros hoy, dos mil años después, realizamos nuestra celebración litúrgica principal. En este sentido, el pasaje de los discípulos de Emaús es también una celebración eucarística.

Jesús y los discípulos camino a Emaús

La fracción del pan constituye el momento clave en que los ojos de los discípulos se abren para reconocer a Jesús (Cf. 31; 35). Es frente al pan eucarístico que los discípulos encuentran lo que su corazón anhelaba: a Cristo vivo; su felicidad. En este contexto, toma más sentido la frase del papa Benedicto que citamos anteriormente. Es así como ambos se levantan llenos de júbilo a anunciar al grupo de los once la resurrección de Jesús (Cf. 33-35).

Cuando la tristeza y el desánimo empiezan a ganar terreno en nuestra vida, cuando la incertidumbre y la duda se acerquen a nuestra puerta, cuando no sabemos dónde más buscar la felicidad, busquemos en Cristo Eucaristía la respuesta.  Es desde ahí que el Señor abrirá nuestros ojos para entender su palabra y en donde encontraremos cumplido el deseo de felicidad que embarga nuestro corazón.

La Ascensión (Lc 24, 36-53)

Luego del relato de Emaús, Lucas nos describe cómo Jesús se aparece a sus discípulos y cómo éstos creen ver un fantasma. Sin embargo, para contrarrestar su asombro, el Señor les pide algo de comer y come frente a ellos. Mientras hace esto, les recuerda nuevamente las escrituras (un hecho que se mantiene a lo largo de todo el relato lucano de la resurrección), les abre el entendimiento y les asegura que enviará sobre ellos la Promesa con la que serán revestidos del poder que viene de lo alto (Cf. LC 24, 36-49).

Después de esto, Lucas nos narra la ascensión de Jesús al cielo. El evangelio dice que el Señor llevó a sus discípulos a Betania, los bendijo y subió a los cielos alzando las manos (Cf. 50-51). La ascensión de Jesús toma un valor especial en este momento de la Pascua dado que estamos celebrando hoy, junto a toda la Iglesia universal, este acontecimiento. 

Paradójicamente, con la ascensión, Jesús nos confirma que estará con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Pudiésemos pensar que se trata de una despedida de Jesús que se va para no volver, por lo cual no tendría sentido está afirmación. Sin embargo, al salir de los límites geográficos que representaba el quedarse en el mundo, Jesús se hace capaz de asegurar su compañía a los hombres de toda raza y nación sin que estos tengan que trasladarse a una parte específica del globo para adorarle. Desde este punto de vista, es posible entender su presencia entre nosotros. 

Además de esto, cómo lo vimos en el apartado anterior, Jesús también se queda realmente presente en nuestra realidad geográfica y temporal a través del sacramento de la Eucaristía. De manera que podemos hallarle en cualquier templo y lugar en que se célebre la fracción del pan

Por último, el texto nos dice que los apóstoles regresaron a Jerusalén llenos de gozo y que siempre bendecían a Dios en el templo (Cf. 52-53). Estas líneas pueden entablar un paralelismo con los pasajes de los pastores (Cf. Lc 2, 7-20) y de los magos (Cf. Mt 2,  1-12), en el sentido de que el encuentro con Jesús genera en el alma alegría y conversión. Esta última entendiendo que los apóstoles que regresaron a Jerusalén para alabar a Dios en el templo ya no eran aquellos hombres tristes e incrédulos del principio del relato, sino verdaderos propagadores de la Buena Noticia de la resurrección.

Tengamos siempre presente que Dios nos acompaña en el camino de la vida y que se quedó con nosotros en el pan eucarístico. Busquemos momentos para encontrarnos con Jesús para que en Él podamos hallar la felicidad que tanto buscamos y podamos regresar siempre a nuestras ocupaciones bendiciendo y alabando a Dios. 

El Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida sigue trabajando por la formación de los catequistas

El equipo del Secretariado de Catequesis se hace presente en las distintas parroquias de nuestra Arquidiócesis de Mérida para llevar formación a nuestros catequistas. Esta vez, la zona pastoral beneficiada fue Ejido, donde, el 21 de Mayo, catequistas de las diferentes parroquias del municipio acudieron a un taller formativo

Los catequistas contaron con la presencia de varios miembros del Secretariado así como con la visita de la directora arquidiocesana de catequesis, la Hermana Gleudy Lara, quién impartió un tema sobre la espiritualidad del catequista. 

Si quieres seguir recibiendo información sobre las actividades llevadas a cabo por el secretariado, puedes seguirnos en facebook como Secretariado de Catequesis Mérida y en Instagram como @catequesismerida. De esta manera podrás mantenerte al tanto de todos los encuentros espirituales y formativos organizados por el equipo, así como recibir información necesaria para el crecimiento como catequista. 

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