La Resurrección de Jesús según San Marcos

Por Edixon Vargas

El Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida sigue compartiendo con todos sus lectores la alegría de Cristo resucitado. Hoy meditaremos el relato de la resurrección de Jesús según San Marcos.

Vive la alegría de la resurrección de Jesús junto al Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida

El evangelio según San Marcos es el más antiguo de los cuatro textos evangélicos que tenemos en la Biblia. Se caracteriza por su brevedad y simplicidad al narrar los hechos. Sin embargo, recoge detalles interesantes que no tienen los otros tres evangelios.

En esta oportunidad, el equipo del Secretariado de Catequesis de la Arquidiócesis de Mérida quiere reflexionar junto a ti el relato de la resurrección ofrecido por Marcos en su evangelio.

Relato de la Resurrección de Jesús según San Marcos

A Marcos se le atribuye el mérito de ser el primero en poner por escrito una narración de la vida de Jesús. Esta narración sería enriquecida por sus sucesores, Mateo y Lucas.

Pudiésemos dividir el relato de Marcos en tres partes principales:

  1. Narración del encuentro de las mujeres con el Ángel en el sepulcro (Mc, 16, 1-8).
  2. Recuento de las distintas apariciones de Jesús (9-14).
  3. Envío misionero (15-20).

Cada una de estas partes es bastante diferenciable en el texto. Partiendo de allí, reflexionaremos en este pasaje para encontrar enseñanzas para nuestra vida.

Su descripción de los hechos del domingo de resurrección, al igual que en los demás evangelios, comienza con el grupo de mujeres que, muy de madrugada, se encamina al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16, 1-2). En este fragmento podemos encontrar la siguiente incógnita:

Resucitó
Resucitó

¿Quién nos moverá la piedra del sepulcro? (Mc 16, 3)

Esta pregunta, aunque puede llegar a aparecer lógica por tratarse de un grupo de mujeres, denota una clara desesperanza en la resurrección; las discípulas no creían que Jesús pudiera resucitar de entre los muertos. Como consecuencia de esto, centran su atención en algo terrenal e inmediato como mover la pesada piedra que cerraba el sepulcro.

Esta actitud pusiese estar invadiendo nuestra vida cuando, al no ver respuesta inmediata a nuestras oraciones y anhelos, centramos nuestra atención en las inmediateces de la vida sin poner la mirada en la eternidad. Limitamos nuestros pensamientos a las realidades terrenas sin pensar en aquellas que no se acaban. Nos preguntamos constantemente quién podrá mover la gran roca de nuestros problemas sin recordar que tenemos un Padre celestial que vela por nosotros (cf. Mt 6, 19-20, 25-33; Lc 12, 22-34).

Y es precisamente ese Padre celestial quien movió la piedra del sepulcro sin importar cuán grande era para hacer que el grupo de seguidoras de Jesús pudiesen entrar al lugar en el que el cuerpo de su maestro había sido puesto y encontrarse con aquel joven vestido de blanco que les anuncia la resurrección (cf. Mc 16, 4-6). Si el plan de las mujeres era retirar la roca, el plan de Dios para ellas era otro: ser las primeras testigos y propagadoras de la resurrección de Jesús. No nos sorprendamos por tanto cuando Dios cambie nuestros planes; Él tiene algo mucho mejor para nosotros.

Al igual que en la resurrección según San Mateo que reflexionamos la semana pasada, en el relato de Marcos aparece la invitación, aunque implícita, de volver a Galilea (cf. Mc 16, 7), es decir, de regresar al lugar en que empezó todo.

Miedo e incredulidad

Aunque las mujeres habían visto la piedra removida y habían escuchado a aquel joven decir que Jesús había resucitado, el miedo se apodera de ellas y no dicen nada a nadie (cf. Mc 16, 8). El miedo les impide dar el paso hacia la evangelización y es el miedo el que muchas veces nos impide también a nosotros avanzar por el sendero que Dios nos traza.

Gracias al miedo muchas personas se ven atascadas en una zona de confort de la cual no quieren salir por temor al fracaso. Probablemente es la misma sensación que tuvo este grupo de mujeres que, sabiendo su posición en la sociedad judía, no pensaban que los discípulos pudieran creerles, así que tampoco hacen el esfuerzo de decirlo. No dejemos nunca que el miedo y la duda nos lleven a enterrar aquello que hemos recibido de Dios (cf. Mt 25, 14-30) y vernos posteriormente frustrados por no haber intentado hacer más de lo que hicimos.

Es en este momento en que comienza la segunda parte del relato de la resurrección según San Marcos: el recuento de las distintas apariciones de Jesús. Este compendio de las manifestaciones del resucitado a sus discípulos, que algunos piensan que no fue escrito por Marcos, está marcado por la incredulidad.

En primer lugar, es María Magdalena quien sale a dar testimonio de la resurrección a los amigos de Jesús, pero estos no le creen (cf. Mc 16, 9-11; Lc 24, 11). Luego serían los dos discípulos de Emaús los encargados de llevar la buena noticia a los once, pero estos tampoco dan crédito a sus palabras (cf. Mc 16, 12-13; Lc 24, 13-35). Al final, es Jesús mismo quien tiene que hacerse presente en medio de la comunidad apostólica para reprenderles su falta de fe (cf. Mc 16, 14; Jn 20, 27).

Como elemento común en estos casos, los discípulos estaban cegados por la tristeza (cf. Lc 24, 16), y es ella, junto con el miedo, quien les impide creer que Jesús había resucitado de entre los muertos y la que los lleva a encerrarse (cf. Jn 20, 19). Los apóstoles no sólo habían cerrado la puerta del lugar en que estaban, sino que también habían cerrado las puertas de su corazón a la alegría de la resurrección.

Muchas veces dejamos que la tristeza y el desaliento ocasionados por los fracasos en nuestra vida tomen el primer lugar en nuestro corazón y cerramos los ojos a la luz que irradia el resucitado. Esto nos lleva a vivir con la mirada hundida en nosotros mismos sin poder abrazar la alegría de la resurrección. Debemos pues levantar la cabeza para dejarnos iluminar por Jesús, quien es el único que puede cambiar nuestra tristeza en alegría.

“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio” (Mc 16, 15)

 El relato de la resurrección según San Marcos termina con el envío misionero. Este envío está acompañado de las señales y portentos que asistirán a quienes crean en el mensaje de salvación (17-18). Luego de esto, el evangelista narra la ascensión de Jesús al cielo y describe como los discípulos fueron a todas partes a predicar mientras el Señor cumplía su promesa sustentando su predicación con los milagros que hacían (19-20).

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